miércoles, 8 de septiembre de 2010

Última vez

No había sido capaz todavía de reponerme de tan tremendo sprint. El pequeño almuerzo de las 6:30h era lo único que no pesaba dentro de mi rígido cuerpo. El resto de mi organismo comenzaba a dilatarse ante el griterío y el tumulto generado por el impacto de la cogida. Creía apreciar una fresca y tímida lluvia deslizándose a través de mi cuello, sin antes percatarme de que lo único que invadía mi piel, era el pánico. El sudor frío que rociaba mi cutis retaba a las acaloradas alturas que cubrían el cielo de Pamplona la mañana de aquel 8 de julio de 2010. Lejos de observar a la manada, lo único que intentaba era buscar a Igor entre la marea que escalaba la calle Estafeta para poner punto final al segundo encierro del año. Ni rastro. Era mi primera vez y si de algo estaba completamente seguro, es que sería la última. Nunca antes había enfrentado a mis temblorosos muslos en un desafío semejante. El tembleque del que hacía gala no era propio ni de las finales de los campeonatos de balonmano jugados hasta la fecha, no tenía nada que ver. Esto era incomparable.

El minuto y medio que duró aquella galopada pareció ser un abuso temporal tremendo, me parecieron horas. Igor seguía sin dar señales de vida y yo comenzaba a encontrarme aún más solo entre tanto alboroto. La poca vida que en esos pocos segundos pudiera quedarme en aquella ruleta rusa humana, dependía únicamente del número de empujones, golpes y codazos que pudiera cobrarles a los mozos que compartían junto a mí la subida hacia el coso pamplonés. Era pura supervivencia, no tenía otra meta. Observé cómo un mítico camarada de carrera era zarandeado y pisoteado por la muchedumbre tras haber sido embestido pocos metros atrás. Espantoso. De pronto, pude avistar el callejón a tan solo escasos pasos, se atisbaba el reflejo de los chalecos reflectantes de la Cruz Roja. Estaba cerca.
- ¡Eh, Amaiur! ¡Aquí!
Ya había escuchado aquel alarido que rozaba la desesperación momentos atrás en mis veintidós años de vida. Era Igor, y a bote pronto me pareció verlo algo magullado. Me zambullí como pude de toda aquella masa para poder llegar al botiquín de la Cruz Roja -tras rasgarme mi pantalón con un vidrio roto y derribar al suelo a un pobre pastor- y ver que mi amigo estaba sano y salvo, tan solo presentaba unas cuantas patadas y una pequeña luxación en el dedo meñique de su mano izquierda. Nunca antes habíamos mantenido una relación tan estrecha, pero el abrazo en el que ambos nos fundimos, impregnados de auténtico pavor, puso el broche final a una de las mañanas más terroríficas que recuerde.

No tardó ni medio segundo en encajar la llave en el cerrojo de casa para ver a mi padre con cara de póquer y soltarme aquello de “que sea la última vez”. La maldita televisión me había jugado una mala pasada.