No soporto la falta de higiene corporal, es una de las muchas manías que tengo. Imagínense la siguiente escena: un estrecho ascensor de apenas un metro cuadrado de tamaño, diez pisos para descender y cinco personas de diferente padre y madre dentro del comprimido habitáculo. Uno de los protagonistas era servidor, infiltrado entre mis vecinos de la puerta de al lado. Pasaban cinco minutos de las ocho de la mañana y, como siempre, llegaba tarde. Durante los cuarenta y cuatro segundos que duró el viaje, puse a prueba mi castigado sistema respiratorio. Casi muero en el intento. Mi madre solía decirme que en esta vida hay dos tipos de personas: los que se duchan y los que no lo hacen. El destino quiso que en aquella fresca mañana de febrero me topara con quienes rompieron el molde de aquel recordado eslogan familiar. El hedor humano que destilaban los sobacos e ingles vecinas podía hacer sonar las alarmas de un futuro conflicto nuclear, lo juro por John Lennon. Todavía hubo tiempo para mantener una pequeña conversación, de esas tan típicas y vacías en contenido que uno puede encontrar dentro de los elevadores de hoy en día. El tema: la célebre ley anti-tabaco. El patriarca del décimo “A” berreaba porque estaba perdiendo dinero en su negocio –regenta un asador- y maldecía a los mandamases del Estado por hacerle perder sus dineros. Ella sin embargo, asentía con la cabeza al grandilocuente discurso de su marido, como si tuviera un muelle por nuca. Cuando mi faz comenzaba a mutarse en un tono púrpura, provocado por la falta de oxígeno, claro está, el pequeño de los Álvarez soltaba por su boquita que ahora en las discotecas “olía a persona” y que prefería “el humo de antes a las colonias”. Para alguien que confunde el cepillarse los dientes con frotárselos con ajo mañanero después de enjuagarse el gaznate con un carajillo, es algo normal. Parece que ahora vamos a tener que agradecer al Ministerio de Sanidad la nueva reforma adoptada, ya que a partir de ahora, nuestro olfato solo va a ser capaz de distinguir entre el olor a choto y el tufillo a pachuli. Nada más lejos de la realidad, puesto que con esta nueva ley, hoy tenemos la ventaja de saber a qué huele cada cosa y sin necesitad de perforar nuestro infinito olfato con tanta sobredosis de humo y pestilencias que hasta el pasado 1 de enero conformaba la atmósfera de cada lugar público. No obstante, como ocurre con todas las prohibiciones, habrá que ver hasta qué punto llega la tolerancia del ser humano, acostumbrado a burlar la ley cada vez que ha limitado y coaccionado la libertad más íntima de cada uno. Juro que pasé los cuarenta y cuatro segundos más largos de toda mi vida.
Sonrientes
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Desde la ventana de mi casa se ve el campo 4 del Annapurna. Y desde la
cocina, desde el baño, desde el cuarto de estar, desde donde escribo esto.
Lo veo ...
Hace 3 horas



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