miércoles 13 de abril de 2011

Restringir derechos y sus consecuencias

Francia se suma a Bélgica y sancionará con 150 euros –además de cursos para la ciudadanía- a las mujeres islamistas que se atrevan a lucir el velo integral en público, con la oposición de Amnistía Internacional al creer que se vulnera la libertad de culto

La noticia de ayer sobre la primera mujer multada en un municipio de las afueras de París por vestir el burka, ha dado la vuelta a todo el planeta, más aún tras haber recogido disparidad de sentires mediáticos en un tema que ha generado controversia y una gran fractura dentro de la opinión pública. La mecha prendida por Sarkozy hace seis meses después de haber aprobado la ley por la cual se prohíbe a la mujer ser cubierta por un velo, ha forjado un nuevo debate sobre el avance y el progreso en materias de igualdad de género, frente a la imposición de hábitos ya arraigados en la cultura musulmana. De acuerdo con que el burka restringe los derechos de la mujer, algo que supone la sumisión de las féminas ante el varón y un hecho que define la tradición islamista como algo anacrónico, humillante e intransigente. No obstante, ¿quién tiene el derecho de dictar la ropa que pueda llevar otra persona? Los hay quienes lucen cabezas rapadas, crestas o piercings en distintos orificios, anexando al inventario a quienes exponen un cuerpo íntegramente barnizado de tatuajes. Todo ello ha establecido corrientes que optan por tachar la medida de la administración francesa de racista y censurable, además de los continuas quejas y ataques que vierten las comunidades islamistas en Francia, cuyas cifras ascienden hasta los más de siete millones de vecinos. Sin duda no se trata de una medida popular y ni tan siquiera de una decisión que, de alguna forma, ejemplifique de la mejor manera el acabar con una infamia ancestral que sufren las mujeres en los países de Oriente Medio y que de algún modo, convierte a la cultura occidental -ante los ojos de la congregación musulmana- en un sujeto intolerante y poco condescendiente con las religiones ajenas. Sin embargo, la obcecación de prohibir lo foráneo ha calado en gobiernos como el francés –entre otros-, que desde hace tiempo tiene emprendida una guerra social ante quienes no comulgan con la laicidad de la República, deshonrando el eslogan liberal por el cual se cimenta nuestro país vecino –liberté, égalité, fraternité- y que deja fuera de juego a quienes apuestan por el multiculturalismo en una nueva era que quiere dejar atrás las degradaciones sufridas durante siglos por la mujer.