Últimamente tengo la sensación de que la profesión que he elegido es una mierda. Algo que está podrido desde sus entrañas, que, además de los clichés de la manipulación, desinformación y la mentira, lo que menos me gusta es la forma de hornear tan mal ese pan.
Parece que la gente es muy conformista, que quiere un horario de oficina, llegar, fichar, que pasen las horas y, a poder ser, salir un poco antes. El escaqueo, la poca profesionalidad de gran parte del gremio, desvirtuarse completamente. Al personal le da lo mismo meter teletipos y titular como sea que poner tuercas (bueno, quizás prefieran lo segundo porque ganarían algo más). No hay entusiasmo, ilusión, ganas, vitalidad. Ya no se cuentan historias humanas, cada vez menos, ahora se abusa del tópico, del texto prefabricado, de frases hechas y de millones de redundancias absurdas. Un copia y pega absurdo. Incluso quienes se creen originales.
Pero si de eso tiene alguien culpa, son los que mandan, los jefes, muchos mediocres, pasotas que creen estar aferrados perpetuamente a un cargo, a un sillón. Personajes frustrados, comodones, vagos, escaqueadore. Castradores de ideas, liman tu moral, te consumen, te desaniman, te deprimen, te congelan, te convierten en uno más, en alguien vacío. Te modelan poco a poco, te van puliendo a su imagen y semejanza. “Tú aquí, esto y lo otro. Más allá no te muevas”. ¿Cómo cojones vamos a progresar y mejorar si no nos sueltan la correa?
No hay especialización ni ganas de ello. Vamos a lo fácil, a lo general, a lo manido y masticado. Lo precocinado, para servir y comer, un bufet de comida rancia, de mala información.
Esto tiene que cambiar.



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